#2 Lo que creemos saber hacer

#2 Lo que creemos saber hacer

Sobre las manos, el conocimiento y una época en la que podemos obtener resultados sin haber aprendido a producirlos.

Nos acompaña durante la lectura:

Saman (Ólafur Arnalds) by Michael Geldreich

Una parte importante de mi trabajo consiste en ver trabajar a otras personas.

Entro en fábricas, talleres, oficinas y todo tipo de lugares en los que alguien lleva años haciendo algo que yo probablemente no había visto nunca. Necesito entender qué hace, cómo lo hace, qué movimientos repite, cuánto pesa lo que manipula, qué esfuerzo requiere, dónde puede hacerse daño. A veces tengo que pedirle que repita una tarea, que me enseñe una herramienta o que me explique por qué hace un movimiento de una determinada manera.

Con el tiempo he aprendido que hay algo engañoso en observar a alguien que domina su trabajo: hace que las cosas parezcan mucho más fáciles de lo que son.

Un gesto dura unos segundos. Una pieza encaja. Una herramienta se mueve de una forma aparentemente obvia. Si preguntas cómo lo ha hecho, la explicación puede ser incluso decepcionantemente sencilla: sujetas aquí, giras así, haces un poco de fuerza y listo.

Hasta que intentas hacerlo tú.

Siempre he sentido cierta atracción por hacer cosas con las manos. No porque sea especialmente habilidoso —más bien he tenido suficientes ocasiones para comprobar lo contrario—, sino porque hay algo en intervenir físicamente sobre las cosas que me ayuda a comprenderlas. Cortar una madera, reparar algo, plantar un árbol o intentar construir cualquier objeto obliga a enfrentarse con una dimensión de la realidad que desaparece cuando simplemente recibimos el resultado terminado.

La materia pesa. Se resiste. Se rompe. Las medidas que parecían exactas dejan de serlo cuando tienen que encajar unas con otras. Y el tiempo necesario para hacer algo suele ser bastante distinto del que imaginábamos mientras observábamos a otra persona hacerlo.

Con los años he ido buscando cada vez más ese tipo de experiencias. En parte por curiosidad, en parte por el placer bastante elemental de conseguir hacer algo que antes no sabía y, probablemente, también porque me permiten sentir el peso real de las cosas que hacemos.

Y ha sido precisamente intentándolo cuando he descubierto algo que debería resultar evidente, pero que no siempre lo es.

Podemos saber perfectamente cómo se hace algo y no saber hacerlo.

Puedo observar a alguien afilar una herramienta y comprender el ángulo, el movimiento y la presión que utiliza. Puedo leer cómo se poda un árbol, cómo se amasa un pan o cómo se repara una pared. Incluso podría explicar con bastante precisión qué habría que hacer en cada caso.

Después pongo las manos encima.

Y mis manos parecen saber bastante menos que yo.


Lo que las manos saben

Hay una expresión para describir parte de esa diferencia: conocimiento tácito.

Michael Polanyi desarrolló esta idea a mediados del siglo XX a partir de una observación aparentemente sencilla: sabemos más de lo que somos capaces de expresar. Hay conocimientos que podemos transmitir mediante instrucciones, reglas o explicaciones, pero otros solo conseguimos adquirirlos mediante la práctica y, una vez adquiridos, ni siquiera resulta fácil explicar exactamente en qué consisten.

Aprender a montar en bicicleta es probablemente uno de los ejemplos más evidentes. Podemos explicar dónde colocar los pies, cómo girar el manillar o qué hacer para mantener el equilibrio. Podemos describir incluso parte de la física que permite que una bicicleta se mantenga en movimiento.

Pero ninguna explicación evita ese momento extraño en el que alguien tiene que subirse, tambalearse y descubrir por sí mismo algo que no sabemos introducirle en la cabeza mediante palabras.

Después ocurre algo todavía más curioso: dejamos de pensar en ello.

Quien lleva años montando en bicicleta no calcula conscientemente cada corrección necesaria para mantenerse en pie. De la misma manera, alguien que lleva décadas utilizando una herramienta no necesita detenerse a pensar exactamente cómo debe sujetarla cada vez. La experiencia ha convertido multitud de pequeñas decisiones conscientes en algo que simplemente ocurre.

Por eso observar a un experto puede resultar tan engañoso. No estamos viendo únicamente a alguien que conoce mejor que nosotros una serie de instrucciones. Estamos viendo años de errores, correcciones y repeticiones comprimidos en un gesto que dura apenas unos segundos.

Lo compruebo muchas veces cuando observo trabajar a alguien. El sonido de una máquina que empieza a comportarse de una manera que no debería. Una resistencia inesperada al mover una pieza. La posición ligeramente diferente de algo que hace sospechar que existe un problema antes de que aparezca.

A veces pregunto cómo han sabido que algo no iba bien y recibo respuestas sorprendentemente poco sofisticadas:

«No sé. Se nota».

Durante mucho tiempo podríamos interpretar esa respuesta como una incapacidad para explicar el propio trabajo. Ahora me parece casi lo contrario. En ocasiones, ese «se nota» contiene años de conocimiento que todavía no hemos conseguido convertir en palabras.

Eso no significa que todo conocimiento práctico sea correcto. También podemos aprender malas prácticas, automatizar errores y confundir costumbre con competencia. Las manos, por repetir algo muchas veces, no adquieren necesariamente razón.

Pero sí adquieren algo.

Una relación con la realidad que difícilmente puede construirse solo observándola.


El peso de las cosas

Hay algo más que cambia cuando intentamos hacer nosotros mismos aquello que normalmente recibimos terminado.

Empezamos a intuir cuánto cuesta hacerlo.

No me refiero necesariamente al precio. El precio es una forma bastante imperfecta de condensar todo lo que ha tenido que ocurrir para que algo llegue hasta nosotros. Me refiero al tiempo, a la dificultad, a los errores, a la materia desperdiciada, a las herramientas necesarias. A esa parte del proceso que desaparece cuando solo conocemos el resultado.

La primera vez que intentas trabajar una pieza de madera descubres que dos centímetros no son simplemente dos centímetros. Hay que medirlos desde algún sitio, marcar una línea, decidir por qué lado cortar y conseguir después que el corte ocurra exactamente donde habías decidido. Algo tan elemental como conseguir que dos piezas encajen puede convertirse en una negociación bastante larga con la realidad.

Después miras de otra manera una unión bien hecha.

Lo mismo ocurre al cultivar algo. Es fácil pensar en una lechuga como un objeto que aparece en una estantería hasta que intentas conseguir que una crezca. Entonces aparecen la tierra, el agua, el tiempo, los insectos, el clima y una cantidad sorprendente de formas en las que una planta aparentemente sencilla puede decidir no colaborar.

Nada de esto convierte automáticamente a quien cultiva una lechuga o construye una mesa en alguien más consciente. Tampoco necesitamos conocer personalmente el proceso de fabricación de cada objeto para apreciarlo. Sería una exigencia absurda.

Pero hacer algunas cosas introduce una especie de fricción que el resultado terminado suele ocultar.

Quizá por eso me atrae trabajar con las manos aunque no sea particularmente bueno haciéndolo. Hay algo difícil de encontrar en otras actividades: la realidad no acepta demasiado bien nuestras explicaciones.

Una madera mal cortada sigue estando mal cortada aunque sepamos perfectamente por qué nos equivocamos. Una planta no crece porque hayamos leído mucho sobre cómo debería hacerlo. Una pared no queda recta por comprender la geometría que permitiría conseguirlo.

La materia tiene esa desagradable costumbre de exigir que nuestras ideas funcionen fuera de nuestra cabeza.

Y quizá por eso hacer algo modifica también nuestra manera de mirarlo. Una mesa deja de ser solamente una mesa después de intentar construir una. Una reparación nos obliga durante un rato a dejar de relacionarnos con un objeto únicamente a través de su función: tenemos que averiguar cómo está construido, qué ha fallado y qué podemos hacer para que vuelva a funcionar.

El objeto deja de ser una caja cerrada.

Y nosotros dejamos de ser solamente usuarios.


Saber menos para poder hacer más

De todo esto resulta fácil extraer una conclusión bastante tentadora: hemos perdido algo porque ya no sabemos hacer muchas de las cosas de las que depende nuestra vida.

Seguramente sea cierto.

Lo que no está tan claro es que sea necesariamente malo.

Nuestra capacidad colectiva ha crecido precisamente porque hemos dejado de necesitar que cada persona sepa hacer un poco de todo. La especialización permite que algunas personas sepan hacer extraordinariamente bien unas pocas cosas y que todos podamos beneficiarnos de conocimientos que jamás tendremos.

Ni siquiera hace falta pensar en algo tan complejo como un teléfono.

Basta con un lápiz.

Leonard E. Read utilizó precisamente este objeto aparentemente trivial para explicar una idea fascinante en su ensayo I, Pencil: ninguna persona conoce por sí sola todo lo necesario para fabricar un lápiz desde cero.

Pensemos en lo que contiene.

Alguien tiene que obtener la madera y saber trabajarla. Otro debe producir los materiales que formarán la mina. Hace falta fabricar la pintura que lo recubre, producir el metal de la pequeña abrazadera del extremo y obtener el material de la goma. Pero incluso esa descripción se queda corta. Quienes cortaron los árboles necesitaron herramientas fabricadas por otras personas; las máquinas contienen materiales producidos en otros lugares; todo tuvo que transportarse y alguien construyó los vehículos y la infraestructura que permitió hacerlo.

Podríamos seguir retrocediendo casi indefinidamente.

Nadie sabe hacer un lápiz entero.

Y, sin embargo, hacemos millones.

Nuestra dependencia no es un accidente del progreso. Es una de sus condiciones.

Por eso me cuesta aceptar esa nostalgia según la cual antes sabíamos hacer las cosas y ahora simplemente hemos olvidado cómo hacerlas. Probablemente nunca supimos hacerlas todas. Dependíamos del herrero, del carpintero, del agricultor, del molinero o de quien conociera un oficio que nosotros desconocíamos.

Lo extraordinario no es haber dejado de depender. Es haber construido redes de conocimiento tan extensas que podemos producir juntos cosas que ninguno de nosotros sabría producir solo.

Y esto plantea una dificultad para todo lo que veníamos diciendo: si no necesito saber fabricar un lápiz para escribir con él, producir electricidad para encender una lámpara o cultivar trigo para comer pan, ¿por qué debería preocuparme por no saber reparar una silla?

No encuentro una frontera evidente.

Tal vez algunas capacidades merezcan conservarse por autonomía. Otras porque disfrutamos de ellas. Algunas porque nos permiten comprender mejor el mundo que habitamos. Y muchas podemos delegarlas tranquilamente en alguien que sabe hacerlas mejor.

Llevamos haciéndolo desde hace siglos.

Lo que ocurre es que últimamente hemos empezado a delegar algo diferente.


Hacer sin saber hacer

Hasta hace relativamente poco, la mayoría de las herramientas exigían que aprendiéramos algo antes de poder utilizarlas con cierta competencia.

Un martillo multiplica la fuerza de nuestra mano, pero no decide dónde golpear. Una sierra eléctrica permite cortar en segundos lo que antes habría requerido mucho más esfuerzo, pero sigue siendo necesario aprender a guiarla. Una cámara automática puede resolver buena parte de la exposición o el enfoque, pero eso no convierte necesariamente a quien la sostiene en fotógrafo.

Incluso cuando delegamos en otras personas, la distinción parece bastante clara.

Puedo llevar una silla a un carpintero para que la repare. Cuando vuelva a casa tendré una silla reparada, pero difícilmente diré que sé reparar sillas. Puedo encargar una traducción al japonés y utilizarla después, pero eso no me hará pensar que sé japonés.

El resultado es mío.

La capacidad, no.

Con algunas herramientas digitales, y de manera especialmente evidente con la inteligencia artificial, esa frontera empieza a volverse menos clara.

Hoy puedo describir un pequeño programa y obtener código funcional sin saber programar. Puedo escribir unas instrucciones en castellano y producir un texto razonable en un idioma que no hablo. Puedo generar una ilustración sin saber dibujar o analizar unos datos utilizando técnicas que apenas conozco.

Y no hay nada necesariamente malo en eso.

Es difícil no verlo también como una forma extraordinaria de progreso. Personas que antes estaban excluidas de determinadas actividades por falta de tiempo, formación o conocimientos pueden empezar a hacer cosas que hasta hace muy poco estaban fuera de su alcance.

La pregunta aparece después.

¿Qué es exactamente lo que ahora saben hacer?

Supongamos que alguien que no sabe programar consigue, con ayuda de una inteligencia artificial, construir una aplicación que funciona. Puede definir qué necesita, detectar que algo no responde como esperaba, pedir modificaciones y terminar obteniendo el resultado que buscaba.

¿Sabe hacer una aplicación?

Decir simplemente que no resulta demasiado fácil. Un arquitecto tampoco coloca cada ladrillo del edificio que diseña. Un director de cine no maneja todas las cámaras, construye los decorados, interpreta los personajes y compone la música. Gran parte de lo que consideramos saber hacer consiste precisamente en coordinar capacidades que no poseemos personalmente.

El lápiz vuelve a aparecer.

Nadie sabe hacerlo entero y, sin embargo, entre todos sabemos hacerlo.

Quizá entonces el problema no esté en utilizar herramientas ni en delegar partes del proceso. Ni siquiera en desconocer buena parte de aquello que ocurre entre nuestra intención y el resultado.

Una frontera posible aparece cuando dejamos de ser capaces de juzgar aquello que la herramienta produce.

Puedo utilizar una calculadora para resolver una operación que tardaría mucho más en hacer a mano porque entiendo qué operación estoy realizando y puedo reconocer, al menos aproximadamente, si el resultado tiene sentido. Un fotógrafo puede dejar que su cámara decida automáticamente algunos parámetros porque sigue sabiendo mirar la fotografía que obtiene.

La herramienta sustituye una parte del proceso.

Pero no necesariamente el criterio.

La situación cambia cuando podemos producir algo que no comprendemos lo suficiente como para saber si está bien. Un programa puede ejecutarse sin que entendamos por qué funciona. Una traducción puede parecernos impecable precisamente porque desconocemos el idioma. Un análisis puede contener un error metodológico que no somos capaces de detectar.

Entonces poseemos el resultado, pero hemos perdido algo importante en el camino: la capacidad de examinarlo desde dentro.

Quizá saber hacer nunca haya significado conocer cada paso.

Puede que baste con conservar el suficiente conocimiento como para mantener el criterio.


Aprender era equivocarse

Hay un problema con esa idea.

El criterio tampoco aparece de la nada.

Volvamos por un momento a las manos.

Cuando alguien aprende a trabajar la madera, al principio mide mal, corta peor y probablemente estropea alguna pieza que habría preferido conservar. Después de suficientes intentos empieza a cometer menos errores. Aprende a anticiparlos. Hay cosas que antes necesitaba comprobar y que ahora reconoce casi inmediatamente.

Dentro de eso que llamamos experiencia se esconden todos los intentos que no salieron como esperábamos.

Para reconocer un buen corte ayuda haber hecho unos cuantos malos. Para saber cuándo una masa tiene la textura adecuada probablemente haya que haber preparado alguna que no la tenía. Para distinguir el sonido normal de una máquina del que anuncia un problema hay que haberla escuchado muchas veces cuando funcionaba bien y, seguramente, alguna cuando dejó de hacerlo.

Los errores no son únicamente accidentes que ocurren mientras aprendemos.

En muchas ocasiones son parte de aquello con lo que aprendemos.

Esto puede parecer evidente cuando hablamos de habilidades manuales, pero resulta menos cómodo cuando lo trasladamos a las intelectuales.

Escribir mal forma parte de aprender a escribir. Perderse forma parte de aprender a orientarse. Resolver problemas de una manera torpe forma parte de aprender a resolverlos mejor. Buscar durante horas una solución que después descubrimos que era sencilla puede parecer tiempo desperdiciado una vez conocemos la respuesta, pero quizá parte del conocimiento adquirido proceda precisamente de haber recorrido aquellos caminos que no llevaban a ninguna parte.

No todo esfuerzo enseña. Hay dificultades absurdas, tareas repetitivas y errores de los que no obtenemos nada. El sufrimiento no convierte automáticamente una actividad en aprendizaje y hacer algo de la manera difícil cuando existe una herramienta mejor puede ser simplemente una manera bastante ineficiente de hacerlo.

Pero tampoco parece razonable asumir que cualquier dificultad eliminada constituye necesariamente una mejora.

Algunas dificultades eran el lugar desde donde estábamos aprendiendo.

Y eso introduce una paradoja en las herramientas que ahora estamos construyendo.

Para utilizarlas bien necesitamos criterio.

Pero si las utilizamos para evitar precisamente aquellos procesos mediante los que adquiríamos ese criterio, ¿de dónde saldrá?

No creo que tengamos todavía una respuesta clara.

Tal vez aprendamos de otra manera. Quizá las nuevas herramientas nos permitan desarrollar capacidades distintas y la nostalgia por los procesos que desaparecen termine pareciéndose a la de quien temía que una calculadora impidiera comprender las matemáticas. Cada tecnología reorganiza lo que necesitamos saber y algunas habilidades dejan de ser importantes mientras aparecen otras.

Sería extraño exigir a cada generación que conserve intactas todas las capacidades de la anterior.

Pero también sería ingenuo pensar que podemos externalizar indefinidamente partes del aprendizaje sin modificar aquello que somos capaces de comprender por nosotros mismos.

Y aquí vuelvo a sentir cierta simpatía por mis manos.

Cuando intento hacer algo que no sé, no pueden ocultar demasiado bien mi ignorancia. Si corto mal, el corte está mal. Si una pieza no encaja, no encaja. Puedo entender perfectamente el error, justificarlo e incluso saber qué debería haber hecho de otra manera.

Pero la madera permanece delante de mí.

Y encuentro algo saludable en esa resistencia.


Lo que creemos saber hacer

Es posible que dentro de unos años seamos capaces de hacer muchas más cosas de las que sabemos hacer hoy.

Podremos construir aplicaciones sin saber programar, conversar en idiomas que nunca hemos estudiado, producir imágenes sin haber aprendido a dibujar y resolver problemas para los que antes habríamos necesitado años de formación. Algunas de esas capacidades terminarán siendo tan normales que probablemente dejaremos de preguntarnos dónde acaba la herramienta y dónde empezamos nosotros.

No creo que haya nada necesariamente preocupante en ello.

Toda nuestra historia está llena de herramientas que nos permitieron hacer más de lo que habríamos podido hacer solos. El lápiz contiene el conocimiento de una cantidad enorme de personas que nunca conoceremos. Vivir consiste, en buena medida, en apoyarnos en capacidades que no son nuestras.

Quizá lo nuevo sea que cada vez resulte más fácil olvidar que no lo son.

Existe una diferencia entre poder obtener algo y comprender suficientemente aquello que estamos obteniendo. Entre disponer de una respuesta y haber aprendido a encontrarla. Entre conseguir que algo funcione y saber por qué funciona.

No siempre necesitaremos conocer esa diferencia. No necesito saber fabricar un lápiz para escribir con él ni comprender un motor para conducir hasta algún sitio. Hay conocimientos que podemos delegar tranquilamente y otros que probablemente dejaremos atrás sin echarlos demasiado de menos.

Pero me gustaría conservar cierta conciencia de la frontera.

Saber cuándo estoy utilizando una capacidad que poseo y cuándo estoy apoyándome en la de otro. Cuándo una herramienta está ampliando algo que sé hacer y cuándo está haciendo por mí algo que nunca aprendí. No para sentirme menos capaz en el segundo caso, sino para no confundir ambas cosas.

Pero las manos tienen poca paciencia con nuestras ilusiones de competencia.

Puedes haber leído las instrucciones, visto todos los vídeos y comprendido perfectamente lo que debería ocurrir. Pero llega un momento en que hay que apoyar la herramienta sobre la madera.

La madera no sabe cuánto has leído.

No sabe qué instrucciones has recibido ni cuánto entiendes sobre aquello que intentas hacer. Simplemente responde a lo que haces con ella.

Las herramientas que estamos construyendo ahora son diferentes. Cada vez son mejores evitando que tengamos que enfrentarnos directamente con algunas de esas resistencias. Pueden corregirnos, completar lo que no sabemos, recorrer caminos que nosotros no hemos recorrido y entregarnos resultados que quizá habríamos tardado años en aprender a producir.

Probablemente eso nos permita hacer cosas extraordinarias.

Pero si una parte de nuestro criterio nació precisamente mientras aprendíamos, fallábamos y descubríamos por qué algo no funcionaba, hay aparece una pregunta que todavía no tengo claro cómo responder:

cuando las herramientas puedan ahorrarnos también buena parte de ese camino, ¿cómo aprenderemos a reconocer si aquello que nos entregan está bien?


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