Llevo semanas escuchando Mr. Know It All en bucle. Me tiene hipnotizado.
Al principio creo que ni siquiera prestaba demasiada atención a lo que decía. Me gustaba la base, me gusta muchísimo la voz de Teddy Swims y hay algo en la manera en que va creciendo la canción que me hacía volver a ella una y otra vez. Pero supongo que cuando escuchas demasiadas veces la misma canción acaba ocurriendo algo parecido a cuando relees un texto: dejas de escuchar lo evidente y empiezas a encontrarte con cosas que estaban allí desde el principio.
Y en algún momento empecé a sentir que había algo en la letra hablándome.
Mr. Know It All cuenta la historia de alguien que parece condenado a saber cómo van a terminar las cosas. Alguien que reconoce los patrones, que cree ver el futuro como si estuviera escrito delante de él y que, cuando empieza a enamorarse, parece estar pensando ya en el momento en que todo saldrá mal.
Hay una frase del estribillo que seguramente resume bastante bien la zozobra que recorre toda la canción:
“Oh, I wish I wasn’t Mister Know-It-All.”
Creo que entiendo esa sensación.
No porque me sienta especialmente identificado con el contenido concreto de la historia de la canción. Más bien por esa tendencia bastante humana (aunque algunos quizá la llevemos un poco más lejos que otros) a intentar entender lo que está ocurriendo antes de que termine de ocurrir. A reconocer un gesto, una distancia o un pequeño cambio y empezar inmediatamente a preguntarnos qué significa, hacia dónde conduce y qué deberíamos hacer con esa información.
En principio parece una ventaja. Si uno es capaz de ver venir la tormenta, puede prepararse para ella.
Pero Teddy introduce entonces de forma brillante una frase que cambia bastante la lectura:
“I can’t act like I don’t keep dressin’ for the storm, then blame the sky.”
«No puedo pasarme la vida vistiéndome para la tormenta y después culpar al cielo.»
Cuanto más pensaba en esa imagen, menos claro tenía quién estaba prediciendo qué.
Porque prepararse para algo también modifica nuestra forma de comportarnos mientras esperamos que ocurra. Si creo que una relación va a terminar, esa creencia no permanece tranquilamente almacenada en algún rincón de mi cabeza mientras yo continúo comportándome exactamente igual. Puedo protegerme, contenerme, buscar garantías, interpretar de otra manera lo que hace la otra persona o intentar controlar aquello que todavía creo que puedo controlar. Y la persona que tengo delante ya no responde a quien yo habría sido sin esa predicción, sino a alguien que ha empezado a vivir condicionado por ella.
La canción vuelve sobre la misma idea con una imagen todavía más explícita. Mr. Know It All saca fichas de dominó, las coloca, las ve caer y vuelve a empezar.
¿Está viendo caer las fichas o también las está colocando?
Resulta que esta pregunta lleva bastante tiempo dando problemas a quienes intentan comprender el comportamiento humano.
En 1948, el sociólogo Robert K. Merton escribió sobre un mecanismo al que llamó self-fulfilling prophecy, la profecía autocumplida.
Uno de sus ejemplos más conocidos era el de un banco. Imaginemos uno que funciona con normalidad pero sobre el que empieza a extenderse el rumor de que tiene problemas. Los clientes, temiendo perder sus ahorros, hacen algo perfectamente razonable: intentan retirar su dinero antes de que sea demasiado tarde.
Si suficientes personas hacen lo mismo, el banco puede quedarse sin liquidez para responder simultáneamente a todas ellas y terminar quebrando.
La creencia inicial era falsa.
Después dejó de serlo.
Lo interesante no es simplemente que aquellas personas se equivocaran. Es que su error entró en el mundo y empezó a modificarlo. El banco terminó convirtiéndose en aquello que todos temían que fuese precisamente porque suficientes personas actuaron como si ya lo fuera.
Y cuando finalmente quiebra, quienes retiraron su dinero pueden mirar lo ocurrido y pensar que tenían razón desde el principio.
Eso es lo verdaderamente curioso.
Porque la realidad acaba proporcionándoles una prueba aparentemente perfecta de una predicción que quizá contribuyeron a hacer verdadera.
Existe también el mecanismo contrario.
Imaginemos que se detecta un riesgo sanitario importante y se advierte de que, si no hacemos nada, puede producirse un determinado número de contagios, hospitalizaciones o muertes. La advertencia funciona. Las personas modifican su comportamiento, se adoptan medidas preventivas, se preparan recursos y finalmente el escenario anunciado no llega a producirse.
Resulta entonces tentador mirar hacia atrás y concluir que la predicción fue exagerada.
Y puede que lo fuera.
Pero existe otra posibilidad bastante más desconcertante: que no haya ocurrido precisamente porque creímos que podía ocurrir.
Es el mecanismo inverso a la profecía autocumplida: una predicción entra nuevamente en el sistema, pero esta vez las conductas que provoca destruyen el futuro que anticipaba.
El pobre profeta tiene entonces un problema bastante serio.
Si anuncia algo y nuestras acciones contribuyen a que suceda, su predicción puede parecer correcta aunque inicialmente no lo fuera. Si anuncia algo y nuestras acciones consiguen evitarlo, puede parecer equivocada precisamente porque funcionó.
Algunas predicciones pueden parecer acertadas porque las hemos creído. Otras pueden parecer equivocadas exactamente por la misma razón.
Y creo que aquí aparece algo bastante más extraño que una curiosidad sociológica.
Cuando predecimos un eclipse, nuestra predicción no forma parte del eclipse. Podemos calcular dónde estará la Luna dentro de diez años, escribir el resultado en un papel y guardarlo en un cajón. A la Luna le resulta completamente indiferente.
Podemos comprobar después si teníamos razón porque nuestra predicción y aquello que intentábamos predecir permanecieron separados.
Con las personas esa separación desaparece.
Si digo a alguien que confío en él, acabo de introducir una nueva información en el sistema cuyo comportamiento pretendía conocer. Si le digo que no confío en él, también. Si un profesor cree que un alumno tiene unas capacidades excepcionales, esa expectativa puede modificar cómo le enseña, cuánto le exige o qué oportunidades le proporciona. Si una empresa sospecha que sus trabajadores evitarán trabajar siempre que puedan, puede construir sistemas de vigilancia que modifiquen la relación de esos trabajadores con la organización.
La predicción ya no está fuera mirando.
Ha entrado dentro.
Y desde ese momento empezamos a perder la posibilidad de saber si teníamos razón.
Supongamos que pienso que alguien acabará decepcionándome.
Puedo tener razón. Quizá conozco bien a esa persona, quizá he reconocido señales reales o quizá simplemente he vivido suficientes situaciones parecidas como para detectar un patrón antes de que resulte evidente.
Pero esa sospecha cambia inevitablemente lo que viene después.
Empiezo a prestar más atención a determinadas cosas. Quizá pregunto algo que de otro modo no habría preguntado. Interpreto un silencio de otra manera. Busco una garantía. Me protejo un poco. Doy un poco menos. Intento conservar alguna parcela sobre la que todavía pueda ejercer control.
Nada de esto necesita ser dramático. Ni siquiera consciente.
Probablemente la mayor parte de las veces ocurra mediante cientos de decisiones tan pequeñas que sería imposible reconstruirlas después.
Y la otra persona responde a todas ellas.
Entonces aparece el verdadero problema de Mr. Know It All.
Supongamos que finalmente la relación termina exactamente como él esperaba.
¿Qué ha demostrado?
Que tenía razón es una posibilidad.
Que estaba equivocado y contribuyó a producir aquello que temía es otra.
Y existe una tercera posibilidad, probablemente mucho más habitual: que hubiese detectado correctamente un riesgo real pero que su reacción ante él modificase tanto el proceso como para hacer imposible separar una cosa de la otra.
Puede que la tormenta viniera.
Puede que vestirse para ella no la provocase.
Pero tampoco atravesó aquella historia como alguien que no esperaba ninguna tormenta.
Y no tenemos forma de saber qué habría ocurrido entonces.
Hay una palabra particularmente útil para este problema: contrafactual.
El contrafactual es aquello que habría ocurrido si las cosas hubiesen sido diferentes. Es una pregunta que hacemos constantemente aunque casi nunca utilicemos ese nombre.
¿Qué habría pasado si hubiese aceptado aquel trabajo?
¿Qué habría ocurrido si no hubiese dicho aquello?
¿Seguiríamos juntos si hubiese actuado de otra manera?
¿Habría enfermado igualmente si no hubiese estado expuesto a aquello?
En muchos ámbitos intentamos aproximarnos a esos mundos que nunca ocurrieron. Buena parte de la ciencia consiste precisamente en construir comparaciones que permitan estimar qué habría sucedido en ausencia de una determinada intervención.
Pero nuestra propia vida tiene una limitación bastante irritante.
Solo podemos vivirla una vez.
No puedo repetir una relación manteniendo exactamente las mismas dos personas, el mismo momento, las mismas circunstancias y las mismas conversaciones, modificando únicamente una variable:
esta vez no creo saber cómo termina.
Ese experimento no existe.
Por eso el «lo sabía» que aparece después de que algo ocurra puede ser mucho menos informativo de lo que parece.
Sabemos que ocurrió.
Sabemos que alguna vez pensamos que ocurriría.
Lo que no sabemos es si ocurrió porque habíamos reconocido correctamente algo que ya estaba sucediendo, si nuestra expectativa contribuyó a producirlo o qué proporción de ambas cosas terminó formando el resultado.
Y, sin embargo, qué difícil resulta renunciar al «lo sabía».
Hay algo profundamente reconfortante en él. Si algo nos duele pero podemos decir que lo vimos venir, al menos conservamos la sensación de haber comprendido lo que estaba ocurriendo. Quizá no pudimos evitarlo, pero no nos sorprendió. Hay una pequeña victoria intelectual dentro de una derrota emocional.
Tal vez por eso intentamos anticiparnos.
No únicamente para cambiar el futuro.
También para que el futuro no pueda sorprendernos.
Y entonces vuelvo a la canción.
Porque hacia el final Mr. Know It All se encuentra en una posición bastante miserable. No quiere quedarse, pero tampoco quiere marcharse. Está mirando a la otra persona, se está enamorando y, al mismo tiempo, cree saber ya en qué va a convertirse todo aquello.
Eso me parece mucho más triste que simplemente equivocarse.
Porque está intentando vivir una cosa en dos momentos simultáneamente.
Está en el presente, enamorándose.
Y está también en un futuro imaginado, perdiéndolo.
Quizá hacemos esto más de lo que pensamos.
Una relación empieza y pensamos en cómo podría terminar. Conseguimos algo que queríamos y aparece el miedo a perderlo. Estamos en un lugar hermoso y pensamos que tendremos que marcharnos. Alguien a quien queremos envejece y empezamos, de alguna manera, a echarlo de menos antes de que se haya ido.
A veces llamamos a eso prudencia. O experiencia. O simplemente conocer cómo funcionan las cosas.
Y seguramente una parte lo sea.
Pero existe un precio extraño por intentar vivir con demasiada antelación.
Anticiparse emocionalmente a una pérdida es empezar a vivir parcialmente dentro de una pérdida que todavía no ha ocurrido.
Quizá nos protege un poco si finalmente llega.
No estoy seguro.
Lo que sí hace es introducir parte de ese futuro posible dentro del único momento en el que todavía no ha ocurrido.
Y entonces entiendo bastante mejor por qué alguien podría desear, aunque solo fuese algunas veces, no ser Mr. Know It All.
No creo que su condena sea saber demasiado.
Ni siquiera creo que la canción permita afirmar que esté equivocado.
Quizá realmente reconoce los patrones. Quizá lleva razón sobre la relación. Quizá la tormenta está ahí fuera y va a llegar independientemente de cómo se vista.
Su condena es mucho más difícil de resolver.
Desde el momento en que cree conocer el futuro, empieza a actuar bajo ese conocimiento. Sus decisiones pasan a formar parte de aquello que intenta predecir y el único experimento que podría demostrar si tenía razón desaparece para siempre.
Nunca podrá conocer la historia en la que no vio venir el final.
Nunca podrá observar qué habría ocurrido si no hubiese colocado las fichas de dominó mientras intentaba averiguar hacia dónde caerían.
Quizá ése sea el verdadero dilema del profeta.
No que pueda equivocarse.
Sino que, cuando forma parte del mundo que intenta predecir, tener razón y contribuir a tenerla pueden llegar a ser indistinguibles.
Y por eso quizá la condena de Mr. Know It All no sea creer que conoce el futuro, si no vivir condenado a no poder averiguarlo nunca.
Porque desde el momento en que actúa como si lo conociera, ese futuro ya ha empezado a cambiar.


Deja una respuesta