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Artista: Max Richter
Canción: On the Nature of Daylight
Esta tarde ocurrirá algo extraño.
Durante unos minutos, millones de personas dejarán lo que estén haciendo, buscarán un lugar desde el que se vea bien el horizonte y mirarán hacia el cielo. Algunas habrán recorrido cientos de kilómetros. Otras llevarán horas esperando. Habrá telescopios, cámaras, gafas especiales y gente pendiente de unas nubes que cualquier otro día apenas importarían.
Todo para ver cómo una piedra se coloca delante de una estrella.
Descrito así, cuesta entender tanto entusiasmo.
La Luna lleva miles de millones de años orbitando la Tierra y la Tierra hace lo propio alrededor del Sol. Sus trayectorias se cruzan ante nuestros ojos con suficiente regularidad como para que podamos predecir el fenómeno con siglos de antelación. No hay nada sobrenatural en ello. Ninguna ley física deja de cumplirse. Ningún cuerpo celeste hace hoy algo que no podamos explicar.
Lo extraordinario está en las proporciones.
El diámetro del Sol es unas cuatrocientas veces mayor que el de la Luna. Por una de esas coincidencias que la mecánica celeste permite sin necesidad de explicar para qué, el Sol se encuentra también aproximadamente cuatrocientas veces más lejos de nosotros. El resultado es que, vistos desde la superficie terrestre, ambos ocupan una porción del cielo sorprendentemente parecida.
Por eso la Luna no se limita a pasar por delante del Sol. En determinadas condiciones puede ocultarlo casi exactamente.
Y entonces ocurre algo que ningún planeta necesita para seguir girando.
Desaparece el día.
Una coincidencia que no durará para siempre
Lo más extraño es que ni siquiera esta coincidencia va a durar.
La Luna se aleja de nosotros unos pocos centímetros cada año. Es una distancia insignificante a escala humana, pero el sistema Tierra-Luna dispone de algo que nosotros no tenemos: muchísimo tiempo.
A medida que se aleja, su tamaño aparente en nuestro cielo disminuye. Llegará un momento, dentro de cientos de millones de años, en que seguirá pasando por delante del Sol, pero ya no podrá ocultarlo por completo. Habrá eclipses, pero la totalidad habrá desaparecido.
Tampoco fue siempre como ahora. En un pasado remoto, cuando la Luna estaba más cerca de la Tierra, ocupaba una porción mayor de nuestro cielo. La imagen que podemos contemplar hoy pertenece a una etapa concreta de una historia mucho más larga.
Nosotros hemos aparecido justo en medio.
No solo habitamos un planeta que tiene una luna. Ni siquiera uno desde el que esa luna puede interponerse entre nosotros y nuestra estrella. Vivimos durante el periodo en el que las proporciones permiten que ambos discos ocupen en nuestro cielo un espacio extraordinariamente parecido.
Hemos llegado a tiempo para verlo.
Y «a tiempo» significa algo bastante literal. En Galicia no se contempla un eclipse total de Sol desde 1905. Después del de esta tarde habrá que esperar hasta 2180 para que vuelva a ocurrir.
Ciento veintiún años entre el anterior y nosotros. Más de siglo y medio entre nosotros y el siguiente. Varias generaciones pueden nacer, vivir una vida completa y morir sin que, desde el lugar que habitan, la Luna llegue una sola vez a ocultar por completo el Sol.
Quienes levantaron la vista para contemplarlo aquí en 1905 pertenecían a un mundo que ya no existe. Quienes puedan hacerlo de nuevo en 2180 pertenecen a uno que nosotros no conoceremos.
Nosotros estamos justo en medio.
No hay nada en esto que necesite una explicación distinta de la física. La Luna no se colocó ahí para nosotros y su alejamiento tampoco parece tener ningún interés en esperar a que terminemos de observarla. Dentro de cientos de millones de años continuará su camino y nadie podrá reclamarle que antes hacía eclipses mejores.
Pero durante esta pequeña ventana de la historia del planeta ocurre algo extraordinario.
Cuando la alineación es la adecuada, una esfera de algo menos de 3.500 kilómetros de diámetro puede ocultar ante nuestros ojos otra de casi 1,4 millones de kilómetros situada muchísimo más lejos. Durante unos instantes desaparece la superficie brillante del Sol y queda al descubierto algo que normalmente su propia luz nos impide contemplar: su atmósfera exterior, la corona.
La coincidencia no solo nos permite ver algo hermoso.
También nos permitió aprender.
Aprendimos a mirar
Durante siglos, un eclipse total ofrecía algo difícil de conseguir de otra manera: apagar el Sol sin apagarlo.
La fotosfera es tan brillante que normalmente oculta la tenue atmósfera que se extiende a su alrededor. Cuando la Luna se coloca delante, actúa como una pantalla natural. La luz más intensa desaparece y, durante unos minutos, aquello que permanecía escondido se vuelve visible.
Hoy podemos reproducir parcialmente ese efecto mediante coronógrafos, instrumentos diseñados precisamente para bloquear el disco solar. Pero durante buena parte de nuestra historia, la Luna hizo ese trabajo por nosotros.
Y aprendimos a aprovecharlo.
En 1868, durante un eclipse total observado desde la India, el astrónomo francés Pierre Janssen estudió mediante espectroscopia la luz procedente del Sol. Observó una línea amarilla que no correspondía a ningún elemento conocido entonces. Norman Lockyer realizaría observaciones relacionadas de forma independiente y aquel nuevo elemento acabaría recibiendo el nombre de helio, por Helios, el Sol. No sería identificado en la Tierra hasta 1895.
Hay algo difícil de superar en esa historia: encontramos indicios de un elemento en nuestra estrella antes de identificarlo en nuestro propio planeta, en uno de esos momentos excepcionales en los que la Luna nos permitía observar el Sol de otra manera.
Nada de aquello era para nosotros.
El Sol llevaba miles de millones de años brillando mucho antes de que existiera alguien capaz de preguntarse de qué estaba hecho. La Luna llevaba orbitando la Tierra antes de que hubiera ojos que pudieran verla. Los eclipses se sucedieron durante una inmensidad de tiempo sin espectadores, telescopios ni científicos esperando bajo su sombra.
Hasta que aparecimos nosotros y una alineación entre tres cuerpos celestes dejó de ser únicamente una alineación. Primero la contemplamos, después intentamos comprenderla y finalmente utilizamos aquella coincidencia para comprender otras cosas.
Que algo no tenga una finalidad no significa que no pueda adquirir un valor.
El eclipse no parece existir para mostrarnos la corona, descubrir elementos ni producir esa extraña sensación que experimentamos al ver desaparecer el Sol. Todas esas cosas aparecen después, cuando entra en escena un observador capaz de mirar, hacerse preguntas y atribuir importancia a lo que está viendo.
Si nosotros no estuviéramos aquí, la Luna seguiría pasando por delante del Sol. La sombra recorrería la superficie terrestre, la temperatura descendería y, unos minutos después, el Sol reaparecería mientras la mecánica celeste continuaba exactamente igual.
Existiría el fenómeno.
Lo que no existiría sería nadie para convertirlo en espectáculo.
Y quizá sea esa diferencia, más que la propia coincidencia astronómica, la que me resulta difícil dejar de pensar.
Explicarlo todo
Hasta aquí hay una respuesta bastante sencilla a cualquier tentación de convertir esta coincidencia en algo más de lo que es: casualidad. O, quizá con mayor precisión, consecuencia.
No hay ninguna razón científica para pensar que la Luna tenga ese tamaño, se encuentre a esa distancia o se aleje a ese ritmo para que nosotros podamos contemplar eclipses totales. Tampoco que nuestra especie haya aparecido durante el periodo concreto en el que son posibles.
Las cosas sucedieron de determinada manera y nosotros estamos aquí para observar el resultado.
Esta explicación encaja bastante bien con mi forma de entender el mundo. Siempre he sentido cierta atracción por una visión determinista del universo: pensar la realidad como una inmensa cadena de acontecimientos que proceden de condiciones anteriores, aunque nuestra capacidad para conocerla y predecirla sea necesariamente limitada.
No necesito que el eclipse tenga un propósito. De hecho, creo que perdería buena parte de lo que me interesa si intentara encontrarle uno.
Podemos reconstruir la historia orbital de la Luna, medir la velocidad a la que se aleja, calcular su tamaño aparente y predecir con extraordinaria precisión dónde caerá su sombra. Podemos saber cuándo empezará un eclipse, cuánto durará y desde qué lugares podrá contemplarse.
Hoy, por ejemplo, sabemos que en A Coruña comenzará alrededor de las 19:31, alcanzará su máximo aproximadamente a las 20:28 y ofrecerá unos 76 segundos de totalidad, con el Sol apenas a 12 grados sobre el horizonte.
No queda ningún hueco evidente en el que necesitemos introducir una intención.
Y, sin embargo, algo sigue molestándome.
Porque explicar perfectamente por qué ocurre un eclipse no parece explicar por completo lo que ocurre cuando alguien lo contempla.
La física puede describir la trayectoria de la Luna y de la Tierra. Puede explicar qué luz deja de alcanzarnos, medir el descenso de luminosidad y temperatura y permitirnos estudiar incluso lo que sucede en nuestros ojos y nuestro cerebro mientras observamos.
Pero ninguna de esas explicaciones contiene por sí sola el asombro.
No porque el asombro tenga que proceder de algún lugar misterioso fuera de la materia. También puede ser el resultado de esa misma cadena de causas: un cerebro construido por la evolución reaccionando de determinada manera ante un acontecimiento extraordinario. Eso sería perfectamente compatible con el determinismo.
Lo que me cuesta resolver es otra cosa.
Durante una inmensidad de tiempo pudieron producirse eclipses sin que hubiera nadie para encontrarlos hermosos, extraordinarios o importantes. Simplemente ocurrían.
En algún momento apareció en este planeta materia capaz de observar otra materia. Y entonces empezaron a existir cosas que, además de ocurrir, podían importar.
No sé qué dice eso sobre el universo. Ni siquiera sé si dice algo. Pero introduce una diferencia que me cuesta considerar trivial.
Quizá podamos explicar cada una de las causas que han conducido hasta esta tarde y seguir teniendo delante una pregunta distinta, una que la cadena causal no pretende responder: qué significa estar aquí para verla.
Esta tarde
Dentro de unas horas voy a intentar ver un eclipse total de Sol.
Iré con mi familia hacia el norte, buscando un lugar suficientemente despejado y con buena vista hacia el horizonte. Llevaremos las gafas, miraremos demasiadas veces la previsión meteorológica y probablemente descubriremos que contemplar un acontecimiento cósmico con tres niños pequeños se parece bastante poco a la imagen solemne que uno construye mientras escribe sobre él.
Pero habrá un momento, si las nubes nos lo permiten, en el que miraré hacia arriba.
Y quiero intentar recordar todo esto.
Quiero recordar que la Luna que estaré viendo se aleja de nosotros lentamente y que llegará un tiempo en el que, desde este planeta, nadie podrá volver a verla ocultar completamente el Sol. Que el disco negro que tendremos delante será en realidad un cuerpo diminuto comparado con la estrella que parece cubrir. Que la luz que aparecerá a su alrededor procede de una región del Sol que durante siglos apenas pudimos observar salvo durante momentos excepcionales como ese.
Y que otros seres humanos miraron eclipses antes que nosotros y, además de maravillarse, aprendieron a utilizarlos para comprender de qué estaban hechas las estrellas.
Nada de esto necesita que nosotros estemos allí.
El eclipse ocurrirá aunque lleguemos tarde, aunque esté nublado o aunque dentro de millones de años ya no quede nadie que recuerde que alguna vez hubo seres humanos esperando emocionados a que la Luna tapara el Sol.
Quizá por eso quiero verlo.
No porque crea que haya sido dispuesto para nosotros. Ni porque encuentre en esa coincidencia una prueba de que el universo tiene algún propósito que todavía no comprendemos.
Precisamente porque no lo sé.
Puedo aceptar que todo lo que sucederá esta tarde sea el resultado de una cadena de acontecimientos que comenzó mucho antes de que existiéramos y, al mismo tiempo, seguir encontrando extraordinario haber aparecido en mitad de ella.
Durante una fracción diminuta de la historia de este planeta, la Luna y el Sol ocupan en nuestro cielo casi el mismo espacio.
Y durante una fracción todavía más pequeña de esa historia estamos nosotros.
Capaces de saberlo.
Capaces de mirar.
Capaces de encontrar en ello algo que merece la pena recordar.
Esta tarde, durante unos minutos, esas dos casualidades van a coincidir.
Y hemos llegado justo a tiempo para disfrutar del espectáculo.


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