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Olson — Boards of Canada
Hacer sitio
No recuerdo exactamente cuándo empecé a sentir que algo se estaba quedando sin espacio.
Durante algún tiempo pensé que quizá necesitaba tener menos cosas, trabajar menos o vivir de una manera más sencilla. Habría utilizado alguna de esas expresiones para explicar lo que buscaba, pero ahora creo que ninguna termina de hacerlo.
Era más bien la sensación de que la vida se iba llenando sin que nadie hubiese decidido exactamente de qué.
Trabajo. Responsabilidades. Objetivos. Información. Cosas que quería aprender. Lugares a los que quería ir. Libros pendientes. Proyectos. Mensajes. Fotografías. Noticias. Series. Aplicaciones diseñadas para ahorrar tiempo que terminaban encontrando nuevas formas de ocuparlo.
Lo difícil era que muchas de esas cosas las había elegido yo. Algunas incluso me hacían profundamente feliz.
Resultaría sencillo construir desde ahí un discurso contra todo aquello que nos distrae y concluir que necesitamos menos tecnología, menos trabajo, menos consumo y más naturaleza. Pero nunca he terminado de creer en esa respuesta. Me gusta la tecnología. Creo en el progreso. Disfruto trabajando cuando aquello que hago tiene sentido. Tengo cosas completamente innecesarias que no querría perder.
No quería vaciar mi vida.
Quería saber qué merecía permanecer en ella.
Y de esa pregunta nace Waldener.
Tomar distancia
En 1845, Henry David Thoreau se instaló en una pequeña cabaña junto a Walden Pond, en Massachusetts.
Permaneció allí algo más de dos años.
La historia suele resumirse como la de un hombre que abandonó la civilización para vivir solo en el bosque, aunque la realidad fue bastante menos romántica. Thoreau no desapareció del mundo, Walden no estaba en mitad de una naturaleza inaccesible y su retiro nunca fue un ejercicio de supervivencia.
Eso, en realidad, me interesa todavía más.
Porque lo importante de Walden no es la cabaña.
Es la distancia.
Thoreau decidió apartarse lo suficiente de la vida que conocía como para poder observarla desde fuera. Quería examinar sus necesidades, reducir durante un tiempo aquello que parecía imprescindible y descubrir qué quedaba después.
No hace falta compartir sus respuestas para reconocer el valor del experimento.
Hay cosas que resultan difíciles de cuestionar mientras estamos completamente inmersos en ellas.
Trabajamos porque hay que trabajar. Aspiramos a mejorar porque avanzar parece preferible a quedarse quieto. Incorporamos nuevas herramientas porque hacen nuestra vida más eficiente. Llenamos los huecos porque un hueco parece algo que debería llenarse.
Cada decisión puede tener sentido por separado.
Y, sin embargo, algún día podemos mirar el conjunto y preguntarnos cómo hemos llegado exactamente hasta allí.
Tomar distancia no significa necesariamente marcharse a un bosque.
A veces basta con alejarse lo suficiente para volver a distinguir las cosas.
Caminar sin rumbo
La otra mitad de Waldener procede de wanderer: quien camina, quien vaga, quien recorre un territorio sin necesitar conocer de antemano el destino.
Para mí era importante que estuviera ahí.
Porque si Walden aporta la distancia necesaria para examinar nuestra forma de vivir, wanderer introduce algo que considero todavía más importante: la posibilidad de no conocer la respuesta.
Waldener no nace para demostrar que existe una forma correcta de vivir.
No pretende defender que tengamos que trabajar menos, vivir con menos, marcharnos al campo, desconectarnos de internet o recuperar alguna supuesta vida auténtica que la modernidad nos habría arrebatado.
Sospecho de las respuestas demasiado limpias.
La naturaleza puede ofrecernos silencio y perspectiva, pero también puede ser incómoda, hostil y profundamente indiferente. La tecnología puede robarnos atención y, al mismo tiempo, permitirnos hacer cosas extraordinarias. El trabajo puede consumir nuestra identidad o convertirse en una de las fuentes de sentido más importantes de nuestra vida.
Incluso aquello que no sirve para nada puede resultar imprescindible.
Por eso aquí habrá contradicciones.
Habrá textos que celebren el progreso y otros que se pregunten qué hemos perdido por el camino. Habrá reflexiones sobre el trabajo sin convertirlo en enemigo y sobre la naturaleza sin convertirla en refugio moral. Habrá preguntas sobre utilidad, conocimiento, tiempo, identidad, tecnología o éxito.
Y probablemente algunas ideas que escriba hoy dejarán de convencerme dentro de unos años.
Espero que ocurra.
Un lugar dedicado a pensar sería bastante inútil si nunca nos obligara a cambiar de opinión.
Lo que aparece tras el ruido
Hay algo que me inquieta especialmente de nuestra época: nuestra extraordinaria capacidad para convertir prácticamente cualquier cosa en un medio para conseguir otra.
Caminamos para completar diez mil pasos. Leemos para aprender. Hacemos ejercicio para vivir más. Dormimos para rendir mejor. Cultivamos una afición y no tarda demasiado en aparecer la posibilidad de profesionalizarla, compartirla o monetizarla.
Hasta descansar puede convertirse en una estrategia para volver a ser productivos el lunes.
No creo que haya nada malo en medir, mejorar o perseguir objetivos. El problema aparece cuando empezamos a necesitar una justificación para aquello que simplemente nos gusta.
Conservar alguna actividad en la que podamos ser orgullosamente mediocres. Leer algo que no vaya a enseñarnos ninguna habilidad útil. Caminar sin registrar la ruta. Plantar un árbol cuya sombra tardará años en llegar.
O pasar una tarde jugando con nuestros hijos y descubrir, unas horas después, que no hemos hecho absolutamente nada de lo que teníamos previsto.
Probablemente cada persona tenga su propia versión de los momentos con valor no productivo.
Y quizá parte de buscar lo esencial consista precisamente en aprender a reconocerlos.
Son ideas sobre las que ya llevaba algún tiempo escribiendo antes de que Waldener tuviera nombre: la necesidad de conservar una identidad fuera del trabajo, actividades que no tengan que mejorar nuestro rendimiento y lugares donde nuestro valor no dependa constantemente de nuestra productividad.
Ahora empiezo a sospechar que pertenecían todas a la misma búsqueda.
No se trata de eliminar de nuestra vida aquello que produce ruido. El ruido también forma parte de ella. Hay trabajos que hacer, facturas que pagar, mensajes que responder y problemas que no desaparecen porque decidamos contemplar un río.
Se trata de no perder la capacidad de distinguir unas cosas de otras.
De preguntarnos, de vez en cuando, cuánto de aquello que ocupa nuestra vida merece realmente el espacio que le hemos entregado.
Y también de aceptar que la respuesta no siempre será la más austera.
Quizá descubramos que queremos conservar una profesión exigente porque nos importa profundamente. Un videojuego que nos ha regalado cientos de horas aparentemente improductivas. Una herramienta tecnológica que nos permite hacer algo que antes parecía imposible. Una colección absurda. Una conversación que no conduce a ninguna parte.
Buscar lo esencial no consiste necesariamente en quedarse con poco.
Consiste en saber por qué queremos quedarnos con algo.
El peligro de encontrar una respuesta
Hay una trampa en todo esto.
La búsqueda de una vida más consciente puede convertirse con sorprendente facilidad en otra forma de optimización.
Podemos empezar queriendo escapar de las métricas y terminar midiendo cuántos minutos meditamos. Querer consumir menos y convertir la austeridad en una competición. Buscar una vida sencilla y dedicar una cantidad extraordinaria de tiempo a conseguir que sea perfectamente sencilla.
Incluso podemos convertir «lo esencial» en otra meta que alcanzar.
No me interesa demasiado ese camino.
No quiero que Waldener termine ofreciendo una colección de instrucciones sobre cómo deberíamos vivir. Ya existen suficientes personas explicándonos cómo levantarnos, trabajar, comer, entrenar, descansar, invertir, leer y organizar nuestras mañanas.
Prefiero que este sea un lugar donde podamos examinar esas instrucciones.
También las nuestras.
Porque algunas de las cosas que damos por ciertas probablemente no lo sean. Otras serán ciertas solamente durante una etapa de nuestra vida. Y habrá contradicciones que quizá no necesiten resolverse.
Podemos querer avanzar y necesitar detenernos. Disfrutar de nuestro trabajo y negarnos a ser únicamente nuestro trabajo. Amar las posibilidades que abre la tecnología y proteger algunos lugares donde no pueda seguirnos.
Podemos buscar una vida esencial y seguir rodeándonos de cosas completamente innecesarias que, por algún motivo difícil de explicar, hacen que merezca más la pena vivirla.
No creo que haya que resolver necesariamente esas tensiones.
Creo que merece la pena habitarlas.
Waldener
Este proyecto comienza, por tanto, con bastante menos certeza de la que suele esperarse de un manifiesto.
No tengo una teoría sobre cómo vivir.
Tampoco una lista de cosas esenciales.
Tengo algunas intuiciones, unas cuantas contradicciones y muchas preguntas que llevan tiempo apareciendo en lugares distintos y que ahora tendrán un sitio donde encontrarse.
Waldener será ese lugar.
Un espacio para escribir sobre el trabajo y sobre aquello que existe cuando termina. Sobre las máquinas que construimos y sobre lo que hacemos con el tiempo que nos devuelven. Sobre la naturaleza a la que regresamos sin necesidad de idealizarla. Sobre nuestros hijos y las personas con las que compartimos el tiempo que tenemos. Sobre libros, profesiones, objetos inútiles, progreso, identidad, conocimiento y todas esas pequeñas decisiones con las que terminamos construyendo una vida.
Algunas veces encontraremos respuestas.
Otras tendremos que conformarnos con formular mejor la pregunta.
Y seguramente sea suficiente.
Porque un Waldener no es quien ha encontrado lo esencial.
Es quien ha decidido buscarlo.

